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EL DESPERTAR DE LOS MÁRTIRES

  • Henry Gorgona
  • 4 feb 2025
  • 3 Min. de lectura


Las recientes declaraciones del Presidente Donald Trump sobre el Canal de Panamá y sus alusiones a otros territorios como Groenlandia, el Golfo de México y hasta Canadá, han desatado una ola de reacciones que van desde la indignación hasta la sorpresa. En sus palabras, cargadas de un populismo no exento de desconocimiento histórico y geopolítico, Trump parecía tratar el Canal de Panamá como si fuera una ficha de su propio tablero de ajedrez, olvidando tanto la historia como los marcos legales que garantizan la soberanía de nuestro país. Estas intervenciones no solo constituyen una afrenta diplomática, sino que también nos remiten a una historia que ha sido forjada a base de lucha, sacrificio y dignidad nacional. En este contexto, preservar la soberanía panameña adquiere una relevancia urgente, como una advertencia de que, aunque la diplomacia debe prevalecer en este conflicto manifiesto, no se permitirá la erosión de los logros conseguidos por generaciones de panameños.


La historia de la  consolidación de la soberanía panameña sobre el Canal no es solo una cuestión de orgullo nacional, sino que se encuentra firmemente anclada en el derecho internacional. El Tratado Torrijos-Carter, firmado en 1977, fue el instrumento definitivo que culminó la larga lucha por la soberanía en cuestión. Este tratado, cuya implementación se completó con la transferencia del Canal a Panamá en 1999, establece no solo la devolución del Canal, sino también la protección jurídica de su uso y la prohibición de intervención extranjera en su administración, garantizando la neutralidad del mismo.


El Tratado de Neutralidad, que forma parte del acuerdo, es una de las piezas clave que defiende la inviolabilidad de Panamá frente a cualquier intento de control o apropiación extranjera. Esta cláusula impide que el Canal sea usado como un instrumento de guerra o que ningún poder externo pueda intervenir en su gestión sin el consenso explícito de las partes involucradas. En consecuencia, las recientes declaraciones de Trump, al sugerir que el Canal podría estar bajo re-consideración o que Estados Unidos podría ejercer algún tipo de control sobre él, contravienen tanto el espíritu como la letra de esos acuerdos, que están protegidos por el derecho internacional.


El presidente José Raúl Mulino,  desde el Foro Económico Mundial en Davos, fue claro al repudiar las amenazas implícitas en las declaraciones de Trump. Sin embargo, más allá de una condena política, la postura de Mulino deja entrever un firme compromiso con la diplomacia como herramienta para resolver esta nueva tensión.  Panamá optaría por la defensa de su soberanía a través de los canales oficiales, buscando siempre la mediación internacional y el respeto a los acuerdos previos.


Este enfoque de Mulino no solo es una respuesta racional ante un contexto tenso, sino que también refleja la herencia de diplomacia internacional que el país ha cultivado desde los días del General Omar Torrijos. Como lo hiciera Torrijos en los años 70, cuando su habilidad diplomática logró aislar los intentos de intervención estadounidense, Mulino debe iniciar un periplo internacional en la re-afirmación de nuestro derecho soberano sobre el Canal de Panamá y así preservar la integridad nacional. La vía diplomática, en este caso, debe ser la brújula que guíe la respuesta de Panamá entendiendo que a su vuelta al país el Señor Presidente se reunirá con su equipo asesor para abordar el tema. 

 

En tiempos de incertidumbre, como el que enfrentamos hoy ante las declaraciones de Trump, la unidad nacional es más crucial que nunca. La unidad interna y el reconocimiento del sacrificio de aquellos que cayeron aquel nueve de enero deben ser la piedra angular sobre la cual se construya la respuesta nacional ante cualquier amenaza que ponga en riesgo nuestra soberanía.


Hoy, más que nunca, los panameños debemos cerrar filas. Las relaciones con Estados Unidos, aunque esenciales para la cooperación comercial y política, no deben ser confundidas con una sumisión a intereses que contravengan el bienestar de la nación. La soberanía nacional es un valor intangible, pero esencial, que debe ser preservado por todos los panameños, sin importar su ideología o posición política.


"..Las luchas por la soberanía no son victorias definitivas, son procesos que requieren ser defendidos con astucia, unidad y respeto a la ley..."


Que no se equivoquen, los mártires  han despertado, como si sus voces, silenciadas en el viento hace más de medio siglo resurgieran con una fuerza renovada. Este despertar no solo es un eco de memoria histórica, sino también un grito que atraviesa el tiempo, recordándonos que la lucha por la soberanía sigue siendo tan vigente hoy como lo fue en aquellos días de sacrificio.  Panamá, como nación soberana, se erige nuevamente, como un árbol robusto cuyas raíces están profundamente ancladas en la tierra de su identidad, para defender su derecho a decidir su propio destino. Los mártires no han quedado en el pasado; siguen vivos en cada paso firme hacia el futuro, vigilantes, como guardianes de una libertad que no puede ni será arrebatada.

 

 
 
 

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