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MI SANTA ANA

  • Henry Gorgona
  • 7 mar 2025
  • 2 Min. de lectura



Hoy caminé por mi barrio… cada paso era un susurro del pasado, una grieta abierta en el tiempo por donde se filtraban los ecos de mi infancia. La memoria, como un río subterráneo, emergía con fuerza, arrastrándome a un ayer que aún palpita en los adoquines gastados y en las esquinas donde mi risa quedó atrapada.


Es cierto, ya no es el mismo. El tiempo, con su filo implacable, ha desgarrado sus entrañas. No solo ha carcomido las fachadas y desdibujado los colores que antes eran un festín para la vista, sino que también ha erosionado el alma de quienes hoy lo habitan. El mal vivir, como una hiedra venenosa, ha trepado por sus paredes, aferrándose a cada grieta. Las sustancias psicotrópicas, el alcohol y el abandono han tomado posesión de sus calles, desplazando aquella serenidad que flotaba en el aire como un perfume familiar. Lo que antes era un refugio de calma, ahora es solo un laberinto de sombras donde la esperanza camina descalza sobre cristales rotos.


Barrio testigo de la historia, aquel que el Ancón ha cobijado, en ti anidan las águilas que han protegido nuestra bandera. En tus calles resuena el eco de generaciones que soñaron con un porvenir soberano. Aquí respiré mis primeros sueños, aquí tropecé con la vida y aprendí a levantarme. Cada calle, aunque herida por los años, guarda la impronta de mis pasos. Cada muro, aunque resquebrajado, conoce el peso de mis manos infantiles apoyadas en su aspereza. Aquí, donde el tiempo parece marcharse sin despedirse, sigo encontrando retazos de lo que fui.


Porque, aunque todo cambie, hay lugares que nunca nos abandonan. Y este barrio, mi barrio, sigue siendo el faro de mi memoria, el punto de partida de todo lo que soy.

...La grandeza de ser panameño.

 

 

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